LA VÍA DEL SILENCIO - 1/2. Extracto del libro de Omraam Mikhael Aivanhov. Con Audio. ¡Compartir!!!
Publicado por Ana María Beltrán en:
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I - RUIDO Y SILENCIO
Vais a visitar a una familia, y desde que entráis en la casa os sentís acosados por el alboroto: los perros ladran, los niños se pelean y lloran, la radio o la televisión suenan a todo volumen, los padres gritan, las puertas golpean... Viviendo constantemente en medio de todo este ruido, ¿cómo queréis que la gente no esté enferma del sistema nervioso? En las carreteras, en las ciudades, en las fábricas y lugares donde hay actividades no hay más que ruido. También en la naturaleza es cada vez más difícil encontrar el .silencio, ¡incluso el cielo se ha vuelto ahora ruido-so! Uno se pregunta a dónde hay que ir para encontrar por fin el silencio...
Dejar de hacer ruido, no es la principal preocupación de los humanos: habitualmente, hablan alto, gritan, empujan los objetos... Ni siquiera se les ocurre que este comportamiento puede ser perjudicial para ellos mismos, o para los demás. Los humanos se manifiestan tal como son, se sienten muy bien actuando así, y su entorno no tiene más remedio que soportarlos. Pues bien, he ahí una forma de egoísmo muy perjudicial para la evolución. ¡Así pues, cuidado! Hay que esforzarse en no molestar a los demás con nuestro ruido; de esta forma nos volvemos conscientes y desarrollamos en nosotros numerosas cualidades: la delicadeza, la sensibilidad, la bondad, la generosidad, la armonía... ¡y nosotros seremos los primeros beneficiados! Es preciso darse cuenta de la importancia de la conexión que existe entre una actitud y todo el resto de la existencia.
Yo, necesito del silencio. Sólo en el silencio me sereno y encuentro las condiciones adecuadas para mis actividades. El ruido es para mí algo insoportable, huyo de él. Cuando siento ruido, sólo deseo dejarlo todo y marcharme lo más lejos posible. El silencio no pertenece sólo a los conventos, pertenece a la naturaleza, a los sabios, a los Iniciados y a todas las personas sensatas.
Cuanto más evolucionada está una persona, más necesita del silencio. Ser ruidoso no es pues una buena señal. ¡Cuánta gente hace ruido para hacerse notar! Hablan fuerte, ríen, entran sin ningún cuidado en una sala cuando ya todo el mundo está sentado, dan portazos, arrastran o agitan objetos con el único fin de atraer la atención.
Yo observo a las personas, y su comportamiento me revela inmediatamente su educación, su carácter, su temperamento, su grado de evolución. Todo se evidencia por la forma en que se presentan y hablan. Algunos hablan para protegerse, para ocultar algo, como si temieran que el silencio pudiera revelar lo que ellos tratan precisamente de esconder. Apenas acabáis de conocerles, y ya empiezan a contaros toda clase de historias para dar una determinada impresión sobre ellos mismos, o sobre las otras personas o circunstancias que les rodean. Diréis: “Pero la gente habla precisamente para darse a conocer”. De acuerdo, pero para conocerse, el silencio es a veces más elocuente que la palabra. Sí, se conoce mejor a otra persona conviviendo con ella en silencio durante algunos minutos, que entablando una larga e inútil conversación.
Ciertamente, el ruido es la expresión de la vida, pero no precisamente de sus niveles superiores; revela más bien una imperfección en la construcción o en el funcionamiento de los seres y de los objetos. Cuando una máquina o un aparato empieza a fallar, éste hace toda clase de ruidos; y si cada vez abundan más fabricantes que se preocupan por conseguir aparatos silenciosos, es porque son conscientes de que con ello pueden aportar una verdadera mejora: el silencio es siempre un síntoma de perfeccionamiento.
El dolor, por si mismo, es un ruido que nos previene de algo que está deteriorándose en nuestros órganos. En un cuerpo sano, los órganos son silenciosos. Se expresan porque están vivos, pero lo hacen sin ruido. El silencio es la señal de que todo funciona correctamente en el organismo. Tan pronto como algo empieza a chirriar un poco, ¡cuidado! anuncia una enfermedad.
El silencio es el lenguaje de la perfección, mientras que el ruido es la expresión de un defecto, de una anomalía, o de una vida que está aún desordenada, anárquica, y que necesita ser dominada, elaborada.
Cuando más adulto es el hombre, más comprende que el ruido es un inconveniente para sus labores, y que, por el contrario, el silencio es un factor de inspiración, y lo busca para dar a su corazón, a su alma y a su espíritu la posibilidad de manifestarse a través de la meditación, de la oración y de la creación filosófica o artística. Pero hay mucha gente que no soporta el silencio y que se siente a disgusto con él: son como los niños que sólo se sienten bien en medio de la animación y del ruido; lo que prueba que aún deben laborar mucho para conseguir una verdadera vida interior.
El silencio físico les obliga a tomar conciencia de sus disonancias y de sus desordenes interiores; y por eso les da tanto miedo: este grado de silencio, puede incluso volverles locos. Al no disponer de nada externo que les distraiga y atonte, ya no pueden escapar a sus demonios interiores.
El silencio es la expresión de la paz, de la armonía y de la perfección. Quien empieza a amar el silencio, quién comprende que el silencio les aporta las mejores condiciones para la actividad psíquica y espiritual, llega, poco a poco, a realizarlo en todo cuanto hace: cuando mueve objetos, cuando habla, cuando anda, cuando labora; en lugar de trastornarlo todo, se vuelve mas atento, más delicado, más flexible, y todo lo que hace queda impregnado de algo que parece proceder de otro mundo, un mundo que es poesía, música, danza e inspiración. Entonces, aprended a amar y a realizar el silencio; de lo contrario, aunque estéis aquí con vuestro cuerpo físico, vuestra alma y vuestro espíritu estarán siempre en otra parte.
II - LA REALIZACIÓN DEL SILENCIO INTERIOR
En el plano físico, es fácil conseguir el silencio, hasta con cerrar la puerta, las ventanas, o bien con taparse los oídos. Pero aquí no estamos hablando del silencio exterior.
Desgraciadamente, cuando se intenta explicar a los humanos que conseguir el silencio interior redundaría en su beneficio, y que incluso se les da los métodos para lograrlo, no escuchan, no quieren comprender, y ese ruido que albergan en ellos, se refleja en toda su conducta que es desordenada, cacofónica.
Cada día debéis intentar esforzaros en evitar el ruido que se prepara en vuestro interior: discusiones, desórdenes, peleas provocadas por los pensamientos, los deseos y los sentimientos mal dominados.
Cerráis los ojos, y todos vuestros problemas, preocupaciones y estados de ánimo, afloran a la superficie. En este, digamos, “silencio”, continuáis peleándoos con vuestra esposa, zurrando a vuestros hijos, ajustando cuentas con vuestro vecino que os ha ofendido, y exigiendo aumento de sueldo a vuestro jefe... ¡y a pesar de todo, llamáis a esto silencio! Pues no, esto no es silencio; es un estruendo!
Cuántos se equivocan al pensar que el silencio es necesariamente el desierto, el vacío, la ausencia de toda actividad, de toda creación, en una palabra: la nada. En realidad, hay silencios diversos, y por regla general, podemos decir que existen dos clases de silencio: el de la muerte, y el de la vida superior. Es precisamente este último silencio al que nos estamos refiriendo el que debemos comprender. Este silencio no es una inercia, sino una labor, una actividad intensa que se realiza en el seno de una armonía profunda. No es tampoco un vacío, una ausencia, sino una plenitud comparable a la que experimentan los seres unidos por un gran amor, y que viven algo tan intenso que no pueden expresar, ni con gestos ni con palabras.
En el hombre, el silencio es el resultado de la armonía en los tres planos: físico, astral y mental. Por lo tanto, para introducir el silencio en vosotros, debéis intentar crear la armonía en el cuerpo físico, en los sentimientos y en los pensamientos.
Ciertas actividades y ejercicios pueden ayudaros; cada uno de estos ejercicios tiene su propia naturaleza, su color particular, y el canto, por ejemplo, es uno de ellos. Cantar corno lo hacemos antes y después de nuestras reuniones, o antes y después de comer, produce un estado de armonía, de poesía y de inspiración, que si le añadimos nuestro pensamiento y nuestra conciencia, suaviza las tensiones interiores. Debéis comprender que no sólo cantamos por el placer de cantar: porque al hacerlo nos sentimos felices. No, cantamos porque el canto crea en nosotros un estado de vibraciones intensas favorables a la labor espiritual.
Escuchar música puede también acercarnos al silencio. Por esta razón, desde hace muchos años, he adquirido la costumbre durante nuestras reuniones, de haceros escuchar “misas”, “réquiems”, oratorios, pues esta música es la expresión, el reflejo de mundos situados más allá de las pasiones humanas, y nos proyecta con su poder, al menos durante algunos momentos, a este mundo superior.
Es inútil aspirar a grandes realizaciones espirituales mientras no consigáis interrumpir el curso ruidoso y desordenado de vuestros pensamientos y sentimientos, puesto que son ellos los que impiden que se establezca en vosotros el verdadero silencio, el que repara, calma, armoniza, renueva... Cuando llegáis a conseguir este silencio, comunicáis imperceptiblemente a todo aquello que hacéis, un ritmo peculiar, una gracia.
Otro de los métodos para restablecer el silencio en uno mismo, es el ayuno. Por ello, todas las religiones han preconizado el ayuno, y según los casos, también han fijado los periodos de duración y las modalidades del mismo. Ayunar implica paralizar el funcionamiento de ciertos mecanismos. Y esta paralización produce un gran apaciguamiento en todas las células. Pero antes de que esta paz se instale, debe hacerse toda una limpieza, y esta limpieza suele ir acompañada de mucho ruido pues la circulación se acelera, la sangre late en las sienes, se oyen zumbidos en los oídos, se siente vértigo y dolores en diferentes partes del cuerpo. “Todos estos síntomas, provienen de las fieras de nuestro parque zoológico interior, que rugen por la falta de comida. Pero pronto las fieras se calman, y un gran silencio, una gran paz comienza a instalarse en nosotros.
El ayuno, claro está, es una disciplina que debe ser practicada razonablemente y con prudencia para no crear perturbaciones de otra índole en el organismo físico e incluso psíquico. Por el contrario, cantar o escuchar música, es algo que podéis hacer todos los días sin ningún peligro.
Dedicad unos minutos, varias veces al día, a introducir el silencio en vosotros. Cerrad los ojos, esforzaros en liberar vuestros pensamientos de las preocupaciones cotidianas y dirigidlos hacia las cumbres, hacia las fuentes de la vida que nutren todo el universo. Cuando sintáis que habéis detenido la multitud de pensamientos y de imágenes que os invaden, pronunciad interiormente la palabra “gracias”. Ved qué palabra tan sencilla, pero que libera todas las tensiones; porque al agradecer, os conciliáis con el Cielo, salís del estrecho círculo de vuestro yo para entrar en la paz de la conciencia cósmica... Permaneced el máximo tiempo posible en este estado de silencio, y cuando volváis en sí, sentiréis que nuevos y preciosos elementos se han introducido en vosotros: la serenidad, la lucidez, la fuerza.
Así pues, varias veces al día, habituaros a restablecer el silencio en vosotros. Incluso si sólo podéis dedicar uno o dos minutos, hacedlo. Evidentemente, lo importante es conservar este silencio después de haberlo conseguido. De otro modo, ¿de qué sirve tanto esfuerzo si luego dejáis escapar los beneficios? Una vez hayáis logrado introducir el silencio en vosotros por medio de la oración, de la meditación, debéis manteneros vigilantes para no dejarlo escapar. La paz y la armonía que experimentáis durante las meditaciones, deben permanecer durante todo el día, e impregnar todos vuestros actos.
Ya es hora de dejar de actuar como los niños, que obligados a estar quietos durante algunos minutos, sólo esperan el momento de poder gritar y gesticular de nuevo. Preservar el silencio.
No basta sólo con comprender. Hay que aplicar. Para muchas personas hay un abismo entre la comprensión y la aplicación. Comprenden, comprenden, pero cuando se trata de realizar, no pueden. Ahora bien, en la Ciencia Iniciática, la comprensión no está separada de la realización. Si no llegáis a realizar lo que creéis haber comprendido, es que no lo habéis comprendido realmente. Si hubierais comprendido, lo realizaríais. Sí, para los Iniciados, saber es poder. Si no podéis, es que no sabéis: a vuestro conocimiento le faltan aún ciertos elementos para llegar a su realización.
La realización del silencio interno, es un índice de evolución de los seres. Sólo aquel que, gracias a los conocimientos de las verdades Iniciáticas, ha sabido poner orden en sí mismo, realiza el verdadero silencio. Y no solamente este silencio le abre las puertas de la iluminación, sino que es, él mismo, una Fuente de bendiciones para toda la humanidad.
III - DEJAD VUESTRAS PREOCUPACIONES EN EL UMBRAL DE LA PUERTA
Los musulmanes, antes de entrar en una mequita, se descalzan y dejan los zapatos en la puerta. Pues bien, esto es lo que debéis hacer con vuestras preocupaciones, a fin de poder entrar en el silencio: dejarlas fuera momentáneamente. Luego las recogeréis al salir, si creéis que debéis hacerlo, ¿por qué no? Hay personas que dan la impresión de no poder vivir sin inquietud: si no se atormentan, si no sufren, la existencia para ellas les resulta insoportable... Que no se preocupen porque los problemas y las penas nunca les faltarán. Pero de vez en cuando, ¡Dios mío, bien podrían olvidarlas!
Los humanos están tan acostumbrados a atormentarse, que cuando se les brinda la posibilidad de poder vivir durante algunos días en la paz, lo encuentran anormal. Para ellos, la vida debe estar hecha de preocupaciones, contrariedades y malentendidos. He ahí la prueba: frente a los conflictos y las tragedias, todos dicen: “¡Que le vamos a hacer, es la vida!” Pues bien, precisamente esto no es la vida, tan sólo es un grado inferior de la vida. No es la verdadera vida. La auténtica vida, la desconocemos. No la conocemos porque aún no hemos comprendido que hay una labor que debemos realizar para saborear su belleza, su pureza y su luz.
Es útil retirarse de vez en cuando durante unos días, con el fin de evadirse de las preocupaciones, de las contrariedades. Diréis: “Pero si buscamos la forma de evadir los problemas, no los resolveremos jamás!” ¡Ah! Ahí es precisamente donde os equivocáis. Permaneciendo obsesionados con vuestros problemas, no los resolveréis; al contrario, lo más probable es que los mantengáis. Y si no llegáis a resolverlos, es porque en lugar de olvidarlos de vez en cuando, los encontráis tan maravillosos, que os pasáis todo el día “acariciándolos, mimándolos y besándolos”, de esta forma crecen, se alimentan de vuestra substancia, al tiempo que vosotros os debilitáis.
Cuando uno se atormenta, se intoxica, la sangre se llena de impurezas, y para que el organismo pueda eliminarlas, hay que dar un poco de respiro a las células; si son constantemente acosadas, no tienen tiempo de librarse de los venenos. Pues siendo así, ¿cuando os decidiréis a desembarazaros, por un momento, de vuestros problemas para dar a los obreros del Cielo, a los amigos que están allí, la posibilidad de recomponer, reajustar y equilibrar las cosas?
Desde ahora, tratad de aprovechar los momentos de silencio como una ocasión para dejar tranquilos a vuestros sentimientos y pensamientos. Es evidente que siempre hay en nosotros obreros que hacen su labor de organización, de armonización, pero si no conseguimos calmarnos, apaciguarnos, si no logramos entrar en el silencio, los perturbamos. El silencio debe ser, ante todo, un reposo, un respiro; es decir, la supresión de todas las malas condiciones que se oponen a la labor que realizan los obreros celestiales en nosotros.
Dejad pues vuestros problemas a un lado, en cualquier rincón, olvidadlos y, poco después, gracias a vuestra labor interior, recibiréis una luz que os permitirá encontrar la solución. Se dice a menudo, que la noche es buena consejera Y así es, porque durante el sueño nos olvidamos de todo, y se hace una labor en el subconsciente que permite ver más claro y encontrar soluciones. Entonces ¿acaso no podéis hacer lo mismo, conscientemente, por lo menos durante una hora? Sí, al menos durante una hora, dejad vuestras preocupaciones en la puerta como si fueran vuestros zapatos, y entrad en vuestro santuario interior.
IV - UN EJERCICIO: COMER EN SILENCIO
La gente se lamenta del ritmo de vida tan acelerado que lleva, de la polución del aire, de los alimentos contaminados por los productos tóxicos, ¡y ciertamente tienen motivos para lamentarse!
Muchas de las anomalías que padecemos, provienen de la forma en que nos alimentamos, y de las condiciones en las que comemos. ¡Cuántas veces os lo he dicho! Lo importante no es lo que coméis, sino el estado de ánimo en que lo hacéis, es este estado de ánimo una forma de considerarlo alimento.
¿Qué es comer? Es introducir en nuestro organismo los materiales que formarán parte de la construcción de nuestro cuerpo físico, pero también de nuestros cuerpos más sutiles. Es pues particularmente importante cumplir este acto que repetimos varias veces al día, en un estado de paz y de armonía. Este estado se prepara a través del silencio y la meditación.
Probablemente, en ningún lugar del mundo se ve a la gente permaneciendo, antes de comer, largo tiempo en silencio. La mayoría de las personas, ni siquiera rezan una oración; se precipitan rápidamente sobre los alimentos y los engullen mientras hablan, discuten o juegan con los cubiertos, y es por ello que no obtienen grandes beneficios. Sólo absorben los elementos más groseros de la comida; todos los elementos sutiles, etéricos, les son extraños, desconocidos.
Lo esencial para una buena nutrición, es comer en la armonía. Gracias a los cantos nos tranquilizamos, nos armonizamos. A veces, incluso comiendo en silencio, interiormente estamos siempre perturbados.
Hay que permanecer en silencio durante todas las comidas: no sólo debéis tener cuidado de no hablar, sino también de hacer el menor ruido con los cubiertos. Sí, esto es importante. Haciendo ruido molestáis a los demás. Incluso si ellos no son conscientes y no se quejan.
No hacer ruido supone, ante todo, estar atento a los objetos situados frente a nosotros, a la forma en que han sido colocados, y a la distancia que media entre ellos. Y después, ser capaces de controlar nuestros gestos para no golpear esos objetos al desplazarlos, ni hacerlos caer con nuestra torpeza.
Sí, estos detalles aparentes son importantes, y si los tomáis en serio, llegará el día en que realizaréis estos gestos con tal libertad que todo vuestro cuerpo parecerá estar danzando. Efectivamente, existen seres así: no realizan gestos estudiados, no adoptan ninguna “pose”, y sin embargo cuando caminan, cuando cogen objetos, se diría que danzan.
Si la gente fuese un poco más consciente, más dueña de sí misma, y estuviese más atenta, habrían menos accidentes laborales, y especialmente, en las carreteras. Consideremos solamente los accidentes de coche que cada año ocasionan millares de muertos y de heridos. Si se producen, es porque las personas no están lo suficientemente habituadas en su vida cotidiana a mostrarse reflexivas, prudentes, atentas a los objetos y a las criaturas que están a su alrededor. Se muestran negligentes. Llueve, hay niebla, pero les da igual, continúan conduciendo a la misma velocidad. Hay otros coches circulando, no importa, actúan como si estuvieran solos. En la carretera hay árboles, zanjas, muros, pero ni piensan en ello, porque no han aprendido a tener en cuenta lo que tienen delante de ellos, a su alrededor, en qué lugar, y a qué distancia... Pues bien, las comidas son precisamente une ocasión para aprender. Todos los días, varias veces, tenéis esta oportunidad. Si os ejercitáis moviendo los objetos hábilmente, sin hacer ruido, adquirís esa atención y ese dominio tan indispensable en la vida, tanto para vosotros como para cuantos os rodean.
El dominio que así adquirís, no sólo os sirve para controlar vuestros gestos, sino que os ayuda también a controlar vuestras palabras, vuestras reacciones ante todo lo que os rodea, logrando una mayor lucidez y psicología.
El día que consigáis dominar vuestros gestos, seréis un auténtico Mago Blanco. La verdadera magia no consiste en actuar sobre los demás, sino sobre uno mismo, y se basa en los gestos más insignificantes de la vida cotidiana.
Si lográis controlar cada vez más vuestros gestos, vuestros sentimientos y vuestros pensamientos, llegaréis a cambiar vuestro destino, ya que éste depende precisamente del control que somos capaces de ejercer sobre todo lo que hacemos. Precisamente, ¿qué es un Maestro? Es un ser que ha obtenido un perfecto control de sí mismo en los diferentes planos: físico, astral y mental. Por esta razón, las fuerzas de la naturaleza le obedecen, así como los espíritus, los animales, las plantas y las piedras. Este es el verdadero dominio, la verdadera realeza.
Pero volvamos al tema de la nutrición. Una vez adquirido el hábito de comer en silencio, notaréis poco después, grandes cambios. Tras las comidas, os sentiréis llenos de energía, sencillamente porque habréis asumido el control de vuestros gestos, y permanecido callados. Y vuestro pensamiento también será mucho más libre, porque dosificando vuestro deseo de hablar, lo reforzaréis.
El silencio es un condicionante que prepara el terreno para una tarea, pero no es la tarea en sí misma. La verdadera tarea es la concentración libre sobre la bondad infinita de Dios quien nos ha dado tantos beneficios a través de los alimentos. Coméis en silencio para complacerme, porque yo os lo he pedido.
La comida contiene fuerzas y materiales que no provienen únicamente de la tierra, sino del universo entero. Los alimentos, las legumbres, las frutas, son energías que se materializan exactamente como el espíritu del niño se materializa en el seno de su madre. Un ser humano es ante todo un espíritu, pero para estar presente y actuar aquí en la tierra, debe encarnarse. Nada puede hacer en el plano material si no posee un cuerpo físico. Lo mismo sucede con los animales y también con las plantas: todos son entidades. Aunque no están tan evolucionadas como el espíritu del hombre, las plantas son entidades que también han venido a encarnarse. Y cuando comemos, nos nutrimos con el cuerpo de estas entidades que está impregnado de sus cualidades. Ved pues, que la alimentación tiene mucha más importancia de la que os imagináis. Invierno, no vemos nada, la tierra está desnuda; ¿Dónde estaban en invierno los elementos que permiten de repente hacer visibles y palpables los frutos?... Llegan a nosotros llenos de vida cósmica y es importante para nosotros que los recibamos con conciencia física y psíquica. El que come encolerizado, maldiciendo a los demás, pensando mal de ellos, no sabe que está impregnando los alimentos de partículas envenenadas y que, al comerlas, él mismo se envenena. Y callarse, tampoco es suficiente: si al comer mantenemos activos los pensamientos y sentimientos hostiles y malévolos respecto a nuestro prójimo, el resultado será también totalmente negativo.
Liberar vuestro pensamiento de cualquier otro tema. Debéis estar suficientemente libres para prestar toda vuestra atención sobre la comida, enviándole vuestro amor. Será entonces cuando se producirá la separación entre la materia y la energía: la materia se disgregará mientras que la energía penetrará en vosotros y podréis disponer de ella.
Comer es aprender a desintegrar la materia y a repartir la energía así extraída entre todos los órganos del cuerpo: pulmones, cerebro, corazón... Masticar lenta y detenidamente los alimentos, representa una primera etapa de esta desintegración. La segunda etapa, es la tarea del pensamiento la cual, consigue introducirse hasta el corazón de la materia, liberando así las energías más sutiles, con la finalidad de que ellas sostengan el cultivo del alma y del espíritu. La pureza, la bondad, la sabiduría y todas las demás virtudes, están en el silencio y es allí donde se captan las energías psíquicas.
Pero es preciso reconocer la existencia de estos químicos y mostrar una actitud de respeto hacia ellos, ya que estos son quienes poseen los secretos de las energías vitales, y saben repartirlas entre los diferentes centros asegurando de este modo su abastecimiento y su funcionamiento; correctamente alimentado, todo funciona perfectamente.
Para recibir del alimento las energías más sutiles que no pueden ser extraídas por el aparato digestivo, es preciso aprender a comer en silencio, pero sobre todo a comer con amor. El amor os permitirá extraer de los alimentos una energía que se remontará muy alto en vosotros: y será entonces cuando podréis utilizarla para vuestro cultivo espiritual con el fin de que las fuerzas psíquicas puedan actuar sobre los alimentos y transformarlos en pureza, en luz, en sabiduría.
V - EL SILENCIO, UNA RESERVA DE ENERGÍAS
Hoy en día, todo el mundo se siente obligado a correr, a moverse, porque es necesario producir, vender, comprar cada vez más... ¡Parece ser que así lo exige la economía! Así pues, en interés de la economía, se considera normal agotar a los humanos; y de esta forma la economía florecerá, será magnífica, mientras que los humanos, extenuados, abrumados, andarán por los suelos. En efecto, el sistema nervioso del ser humano se debilita, y no solamente el sistema nervioso sino que también sufren el corazón, el estómago, los pulmones, pues toda esa actividad, toda esa producción, ese consumo acelerado generan una polución que envenena la atmósfera, los mares, los bosques, el agua, la tierra, los alimentos, etc. Pues bien, yo afirmo que eso no es inteligente ni razonable. Una, digamos, “economía” que deteriora, que destruye, que ensucia, que derrocha... ¿es acaso la verdadera economía? Por ello, hay que encontrar el modo de restablecer el equilibrio, de recargar a los humanos de energía pura.
Lo primero que hay que hacer para recargarse, es aprender a detenerse. Sí, de vez en cuando, a lo largo del día, haced una pausa, dejad de correr, de moveros, de hablar. La inmovilidad, el silencio, sirven para recargar los depósitos. Así pues, en la primera ocasión que tengáis, deteneos, cerrad los ojos, uníos a la Fuente de la energía y de la luz: algunos instantes después, os sentiréis recargados y podréis reemprender tareas importantes, sin agotar vuestras reservas.
Para meditar en el silencio, realizamos ese mismo ejercicio: captar y acumular energías espirituales que nos reforzarán y que podremos utilizar para nuestras tareas. Pero para que el ejercicio aporte verdaderos frutos, debéis permanecer completamente inmóviles, sin que se oiga el más mínimo roce o crujido; primeramente porque conviene que el silencio no sea perturbado por ningún ruido, por imperceptible que éste sea, y en segundo lugar, porque si no sabemos estar absolutamente inmóviles, perdemos energías.
La tarea del discípulo de una Escuela Iniciática, consiste precisamente en aprender a dominarse para poder entrar en el mundo del silencio y de la armonía, y es entonces cuando os sentiréis magnetizados, llenos de fuerza, dispuestos a emprender la tarea: de pronto, de una sola vez, las reservas se llenarán y las baterías se recargarán.
Vigilad también, de que los esfuerzos que hacéis para realizar el silencio y la inmovilidad no os ocasionen una tensión. Sí, muy a menudo el silencio va acompañado de tensiones, ya que para evitar hacer ruido, nos crispamos. No, hay que relajarse a fin de liberar el pensamiento, y sólo así podrá éste realizar su labor.
Ahora bien, hay que aprender a utilizar esas energías que captamos en el silencio, no sólo para nosotros mismos, sino con el fin de agruparlas para realizar una labor en bien de toda la humanidad: proyectar en el mundo ondas armoniosas, corrientes poderosas que serán captadas por todos cuantos vibren al unísono con este ideal del Reino de Dios sobre la tierra, y su conciencia se despertará un día para esta tarea.
¡Si se pudiera hacerles comprender que acumular conocimiento sin aplicación es inútil! El saber es bueno, pero lo esencial es lo que se puede hacer de bueno con este saber.
Desde el momento en que aprendéis una verdad de la Ciencia Iniciática, debéis preocuparos de llevarla a la práctica a través de vuestra voluntad. Sí, la voluntad es uno de los factores preponderantes de los verdaderos Iniciados. Y es quizá en ello en lo que más difieren de los intelectuales que leen libros y acumulan conocimientos, pero sin utilizarlos... ¡salvo para repetirlos a los demás! Es tiempo ya de que os sirváis de vuestros conocimientos para transformar y mejorar las cosas en vosotros mismos y en el mundo. Por otra parte, sabed que si no os decidís a hacer algo, serán las adversidades de la vida las que os obligarán a hacerlo.
Los pensamientos y los sentimientos colectivos forman un “egregor”, es decir, un ser espiritual de gran fuerza. Durante los silencios, gracias a nuestra unión, a nuestro consentimiento, a nuestra voluntad de laborar por el Reino de Dios, también nosotros formamos un egregor que se alimenta, se refuerza y actúa para el bien del mundo entero. Así pues, decidíos a laborar durante las meditaciones para emanar y propagar el amor y la luz en el mundo; y así, un día, vuestro nombre se inscribirá en el Libro de la Vida eterna.
Estando con la Fraternidad, meditando, cantando, orando, permaneciendo en silencio, habrán sido los momentos más preciosos de vuestra vida. Ahora no lo veis, no lo sentís, pero un día, cuando veáis las cosas con mayor claridad, comprenderéis la clase de actividad en la que habéis participado. Entonces diréis: “¡Alabado sea Dios! ¡Bendito sea Dios que me ha permitido participar en esta obra grandiosa!” Y cuando se os muestren las consecuencias, los resultados, la belleza de esta actividad, las maravillas que se producen en el mundo entero a causa de ella, que-daréis deslumbrados. Pues esa labor en la que os pido que participéis, ya ha sido iniciada en lo alto por los ángeles, por las divinidades; y por nosotros, sobre la tierra. Sólo queremos abrir una puerta y dar nuestras energías para que esta labor divina pueda descender y realizarse también en el plano físico.
VI - LOS HABITANTES DEL SILENCIO
Necesitamos del silencio, y particularmente del silencio de la naturaleza, porque es en la naturaleza donde están nuestras raíces. Cuando uno se encuentra solo en el bosque, en la montaña, puede ocurrir que se sienta transportado a un pasado lejano, a la época en que los humanos vivían en comunión con las fuerzas y los espíritus de la naturaleza. Si se oye de repente el canto de un pájaro o el ruido de una cascada, se siente que estos sonidos participan del silencio. Pues a veces no somos conscientes del silencio, no nos damos cuenta de que existe. El crujido de una rama, grito de un pájaro o la sensación de silencio. Ni siquiera el rumor ensordecedor de las olas.
Mucha gente confunde el silencio con la soledad, y es por ello que temen al silencio: tienen miedo de estar solos. En realidad, el silencio es un lugar habitado. Si no queréis ser pobres ni estar solos jamás, buscad el silencio, porque el verdadero silencio está poblado de innumerables seres. El Creador ha puesto habitantes por todas partes: en los bosques, en los lagos, en los océanos, en las montañas, y también sobre la tierra... Incluso el fuego está habitado, y el éter y las estrellas; todo está habitado.
Desgraciadamente, el ruido de la civilización, que poco a poco lo está invadiendo todo, y la existencia cada vez más materialista y mediocre de los humanos, han creado condiciones que impiden la permanencia entre ellos de entidades del mundo invisible, las cuales huyen lejos de los lugares que aquellos ocupan. No es que ellas odien a los humanos, pero, ¿cómo pueden quedarse en lugares en los que éstos no cesan de alborotar y saquear sin respeto, grosera y violentamente?... Estas entidades se retiran cada vez más hacia regiones inaccesibles a los humanos.
En Yosemite, he visto árboles magníficos que tienen cerca de 4,000 años, que estaban deshabitados: los devas se habían ido a causa de los numerosos visitantes, del exceso de ruido y agitación; por eso abandonaron esta región tan bella. En casi todos los árboles habita una criatura, pero en este parque, esos árboles gigantescos no tenían vida ni eran expresivos, porque ya no estaban habitados. Como los sabios que se aíslan en los desiertos, en las montañas o en las cuevas, a fin de escapar al ruido y a la agitación de los humanos inconscientes.
En la mayoría de las mitologías, la montaña es presentada como la morada de los dioses. Ello puede ser considerado como un símbolo, pero también es una realidad; las altas cimas de las montañas son como antenas gracias a las cuales la tierra alcanza eI Cielo, razón por la cual son habitadas por entidades muy puras y poderosas. Cuanto más se eleva el hombre sobre las montañas, más percibe el silencio, y en ese silencio descubre el origen de las cosas, nos unimos a la Causa primera, y nos sumergimos en el océano de la luz divina. Debemos respetar el silencio de la montaña.
Así pues, está claro que si no vais a las montañas con un estado de ánimo conveniente, las criaturas invisibles toman precauciones, se alejan y ya no recibís nada de ellas. Y de esta forma, regresáis a casa tan limitados y pobres como antes; ni siquiera la estancia os resulta beneficiosa para vuestra salud, pues el estado físico depende mucho del estado psíquico.
¿De qué sirve, pues subir a la cima de las montañas, si no es para volver más puros, más fuertes, más nobles y más sanos?... ¿Si no hemos comprendido que la ascensión a las montañas físicas es una imagen de la ascensión a las montañas espirituales? Subir es liberarse, el silencio, la pureza, la luz, la inmensidad, y sentir cómo el orden divino se introduce en nosotros...
Allí donde vayáis, a las montañas, a los bosques, a la orilla de los lagos o de los océanos, si queréis manifestaros como hijos de Dios que aspiran a una vida más sutil, más luminosa, debéis ser conscientes de la presencia de las criaturas etéricas que habitan esos lugares. Acercaos a ellas con respeto y recogimiento, saludadlas y manifestadles vuestra amistad, vuestro amor, y luego pedidles sus bendiciones. Esas criaturas que os ven de lejos, quedarán tan maravilladas de vuestra actitud, que se prepararán para derramar sobre vosotros sus regalos: la paz, la luz, la energía pura. Os sentiréis entonces bañados, envueltos por el amor y la admiración de estos seres espirituales, y cuando descendáis a los valles, a las ciudades, llevaréis con vosotros toda esa riqueza, pero también revelaciones, ideas más amplias y vastas.
Sí, no olvidéis jamás que es en el silencio donde preparáis las condiciones favorables para la manifestación de entidades divinas, pues estas entidades tienen necesidad de silencio, esperan siempre esas condiciones que los humanos sólo les proporcionan muy raramente. Así pues, en lo sucesivo, aprended a amar este silencio, pensad en crear por todas partes, a vuestro alrededor, una atmósfera espiritual de silencio y de armonía, a fin de preparar la llegada de seres luminosos y poderosos.
VII - LA ARMONÍA, CONDICIÓN BÁSICA PARA EL SILENCIO INTERNO
No llegaréis a realizar verdaderamente el silencio en vosotros, si no empezáis a laborar con la armonía. Cada día, varias veces al día, deteneros en observar lo que ocurre en vosotros y, cuando advirtáis la mínima confusión, la mínima disonancia, esforzaron en remediarla.
Así pues, observaros; es fácil. Si sentís que empezáis a poneros nerviosos, impacientes, irritables con respecto a los demás, es inútil que busquéis fuera de vosotros las excusas o las explicaciones: habéis permitido que la desarmonía se infiltre en vosotros y, en esas condiciones, nunca gozaréis del verdadero silencio. La armonía es la llave que os abre las puertas de la región del silencio: armonía en el plano físico, armonía en los sentimientos, armonía en los pensamientos. Mientras no os impregnéis de la palabra “armonía”, no debéis esperar nada del Cielo, porque siempre estaréis excluidos de sus bendiciones.
Oyendo hablar a ciertas personas, uno se siente abatido, como si recibiera golpes en el plexo solar, mientras que con otras, por el contrario, nos sentimos expandidos, liberados.
Aquel que labora para crear la armonía, es el primero en beneficiarse de ello, porque crea las condiciones para que pueda realizarse lo mejor. Mientras que la desarmonía, por el contrario, crea las condiciones para que fracasen las mejores cosas.
Sería tan deseable que se educara a los niños en esa idea de la armonía: cómo crearla, pero también cómo preservarla en sí misma, y no sólo para sí, sino también fuera de sí. Imaginaros que salís por la mañana de vuestra casa para ir a laborar y que en el camino os encontráis un centenar de personas que os envían cada una de ellas una mirada llena de amor y de luz..., ¿cómo os sentiríais después? Desgraciadamente, la realidad es que nos cruzamos por la calles con gente que nos miran de forma inexpresiva y hostil, con lo que nos desmagnetizamos. Uno se pregunta cómo esta gente se comporta con su familia, y sobre todo, cómo ésta puede soportarles. ¿Por qué somos tan avaros con las sonrisas, las buenas miradas, con todo aquello que puede aportar armonía? ¿Qué perdéis si de vez en cuando dais algo de vosotros mismos? No conocéis vuestras riquezas si no sabéis cómo distribuirlas.
Sí, si no expresamos ni sabiduría, ni amor, ni respeto, alteramos algo en el funcionamiento del cuerpo universal, somos como un tumor en alguna parte de este cuerpo. Y, ¿qué se hace con un tumor? El cirujano lo extirpa. El día en que el hombre dejará de molestar al cuerpo del universo -no sólo su cuerpo físico, sino también su cuerpo etérico y astral- obtendrá la salud, la belleza, la fuerza, la riqueza, la felicidad. San Pablo dijo: “Vivimos y nos movemos en él: en él tenemos nuestra existencia”. Sí, somos como una célula en el cuerpo de la naturaleza que es el cuerpo del Señor. Por eso debemos pensar cada día en armonizarnos con el universo, con los habitantes de las diferentes regiones, aunque no los conozcamos, aunque no sepamos dónde se encuentran.
Armonizarse es abrirse, y esta apertura es la condición indispensable para que las fuerzas luminosas penetren en vosotros. Algunos dirán: Sí, pero, ¿cómo hay que abrirse? Es muy fácil: amando. Cuando se ama, se instala la armonía, y entonces las puertas se abren, las ventanas se abren, y todas las bendiciones celestiales penetran en vosotros. En realidad, existen por lo menos dos métodos para laborar con la armonía. El primero, es el pensamiento: os imagináis que reconciliáis con todos los seres que os rodean. Segundo método, es el amor. El primer método es bueno, pero no es muy rápido ni muy eficaz; necesitan años y años para llegar a pensar que se está de acuerdo con todas las criaturas. Mientras que con el amor, la armonía se consigue inmediatamente. Decís sencillamente: “Os amo”, y ya está, el acuerdo se produce instantáneamente.
Armonizarse es enviar una sonrisa, una mirada amorosa, una señal de amor, proyectiles de amor a todas las criaturas luminosas del espacio, diciéndoles: “A vosotros que pobláis la inmensidad, os amo, os comprendo, estoy en armonía con vosotros”.
Sobre la caja de vuestro violín (el cuerpo físico) hay fijadas cuatro cuerdas: el sol, el corazón; el re, el intelecto: el la, el alma; y el mi, el espíritu. Pero, ¿cómo tocaréis si está desafinado?... Si queréis ser un buen violinista capaz de conseguir sonidos melódicos de esas diferentes cuerdas que son el corazón, el intelecto, el alma y el espíritu, pensad cada día en introducir, en absorber y en respirar la armonía en vosotros. Cuando os haya penetrado en todas las regiones de vuestro ser, y afinado como si fueseis un instrumento, entonces será el espíritu divino, él mismo, quien vendrá a tocar en vosotros.
La armonía es el resultado de la unión del intelecto y del corazón, del alma y del espíritu. En el momento en que vuestra alma se fusiona con el Espíritu cósmico, saboreáis el éxtasis. Porque el éxtasis es eso: ese destello que se produce en el momento en que el alma humana se une al Espíritu. Voláis a través del espacio, os fundís con la armonía universal.
Este mensaje puede ser copiado y difundido siempre y cuando se conserven intactos los textos dando crédito al autor y al traductor, publicando sus fuentes de origen.
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Nada REAL puede ser amenazado.
Nada IRREAL existe.
En eso radica la Paz de Dios.
“Un Curso en Milagros”.
OD - ER - IM -IS - AL KI-RIS-TI IS-IS IM-AL
¡Acepto la luz de Cristo en verdad y unidad!
¡Vida a la Vida! ¡Amor al Amor! ¡Fe al Corazón!
Con amor,
Lucía Montaño Ferrer

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